Ante los ojos de dios"



"Los ojos de dios son la mirada sin angustia de un ciego que solo escucha audio-libros"



El día anterior al desarrollo de esta historia se conmemoraba la fecha del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 un grupo de historiadores decidieron considerar este evento como la razón para que una vez al año se dedicara este día a las víctimas del conflicto armado político colombiano, esto debido a que el magnicidio fue considerado el inicio de la violencia partidista y a su vez de los conflictos armados en el país; bueno, eso dicen ellos. Una razón más, para decir una y otra vez, que no hay olvido mientras la memoria se moldea según las circunstancias, una fecha más que no tiene mucha diferencia con otra más en el calendario, como saber que el 30 de abril es el día del árbol, un evento más que no genera la atención de la semana santa, para el cual solo saldrán algunos cuantos con pancartas, pitos, y arengas, otro día más en el que los profesores de Ciencias Sociales y Español se vean obligados a hacer bailar o actuar a niños que saben a la perfección que lo único importante de estas fechas es que ojalá caiga festivo.


El 10 de abril tenía que hacer un par de domicilios y uno de ellos era en el centro de la ciudad, aproveché y a pesar del clima -que pronosticaba mero agüacero- salí con mi tabla a andar por la ciudad, a surfear entre el tráfico y pilotear que un bus no me mate arrimándose al paradero. Fui a la Biblioteca Luis Ángel Arango a leer unos textos para un trabajo de la universidad, al llegar a la entrada me informaron que no podía ingresar con la tabla, me indicaron que debía dejarla en el parqueadero, al llegar me explicaron que esa zona había entrado en una concesión y que la nueva administración privada no permitía dejar tablas; así es cómo te niegan la entrada a leer en un país donde la educación es casi auto gestionada en su totalidad.


Salí del lugar, encendí un cigarrillo y me di cuenta que era el último del paquete, me dirigí a una caneca a botar el cartón y al bajar la mirada encontré un pequeño cuadro de cemento de no más de 5 cms en cada lado, decía de una manera inocente, mística y un poco cursi: “Ante los ojos de Dios”. En ese momento no fue más que una grata coincidencia, una frase guardada en una foto para encontrarla después en algún momento que quisiera aparecer, una excusa mágica al nuevo giro de esta película de alquimia que es vivir flotando.



                                           

Decidí lanzarme al silencio de los audífonos y al sonido de la tabla que anuncia que debo cambiar de rodamientos, el día había pasado desapercibido, consecuencias del exceso de horas de sueño -léase: pereza y procrastinación. Decidí que durante esa tarde sería un aeropuerto, un no-lugar donde sucede todo y a la vez nada dura, en el que todo pasa ante los ojos pero no hay suficiente fondo para inquietar al alma; ese era mi plan. 


Bajé en mi tabla por la Calle 12 hasta la Plaza de Bolívar, deslizándome entre palomas que volaban al ritmo de mis rodamientos gastados, llegué a la Carrera 8a para pasar el filtro de la requisa y la respectiva preguntadera de la Guardia Presidencial, unos pelados estaban ahí y les dijeron que paila, que no se podía pasar. Por lo que vi había gente de esa que llaman “importante” saliendo de la casa de Porky, pensé que era como una reunión de los Looney Tunes donde el cerdo siempre tartamudea ante Bugs Bunny o frente al del mostacho con el changón. 


Di toda la vuelta por la Carrera 9a para llegar a la entrada del Claustro de San Agustín justo en la esquina sur-oriental del Palacio de Nariño, ahí se había estado llevando a cabo desde hace varios meses la exposición “El Testigo” de Jesús Abad Colorado. Tenía pendiente esa visita desde hace tiempo y decidí hacerlo con el miedo de que mi medio de transporte y yo no pudiéramos entrar. Le pregunté al vigilante si podía entrar con La Ramona, me dijo que no, pero que podía guardarla debajo de la mesa de la recepción, no le importó que estuviera sucia ni mojada por la lluvia. 


Tuve la sensación de que el vigilante sabía que uno no va a una exposición de este tipo a joder la vida, por el contrario, desde la entrada sentí que iba a tener un encuentro doloroso con ese lado de la historia colombiana no contada, esa que no sale en los medios ni en los discursos presidenciales, todo por medio de un fotógrafo que más que de guerra es de gente, y de gente muy real. Dejé la tabla bajo el escritorio, le encargué que por favor la cuidara mucho, nos tiramos la buena y me encaminé a la exposición.


El día que los pobres tengan medios de comunicación, estos ya no serán un negocio, por eso es necesario alimentarnos de las voces que han vivido la guerra, esas que aprendieron a perder la sorpresa. Después de noches enteras donde el pronóstico del clima es claro “Hoy va a llover bala”, se pierde el asombro, solo queda el instinto que lleva a escampar bajo la cama, esperando así que un colchón sobre tablas funcione como sombrilla contra la nada de ser una cifra más entre las víctimas de la masacre.







Es nuestra responsabilidad escuchar esas voces y transmitir su historia a alguien, además es nuestro deber sentirlas como partes de nosotros mismos -porque eso son- como rezaba una leyenda en un mural que da la bienvenida a la exposición, realizado por niños de 4° y 5° de primaria en una institución educativa de Bojayá: “Soy lo que otros no pudieron Ser y por eso no olvido”.


La exposición abrió heridas familiares que daba ya por olvidadas, en las miradas de las madres llorando a sus hijos en silencio, en los gestos del horror asimilado como cotidiano se percibía una resignación de mala suerte, el mismo que veía en mi padre y en su familia, un dejo a: esta vez nos tocó a nosotros, ayer le tocó a otros, mañana le tocará a otros y así, y así, y así.


Perdiéndome en cada mirada, dejando a un lado a mi yo observador y convirtiéndome en cada gesto impreso logré sentir todo ese dolor familiar de nuevo, recordé cuando el Estado le negaba a mi abuela una y otra vez la presunción de muerte por desaparición a falta de un papel, una firma, una foto... a falta de un hijo que diga que está perdido. Mi abuela era muy creyente y siempre que la visitaba me llevaba a misa para leer el folleto litúrgico en el púlpito, fue ella quien me explicó lo que era ser católico, fue quien me mostró el poder que tiene la fe para hacernos olvidar quiénes somos; siempre me decía que Dios cuidaba y sabía cómo proteger a sus hijos.





-quizás nosotros somos esos hijos por los que Dios nunca quiso responder, quizás no somos de sus afectos, tal vez nos tira la mala porque sí (como a todos los olvidados que han tenido que pasar por el horror de sus descuidos) quizás ha visto todo pero quiso hacerse el ciego o simplemente cambió el canal; Dios es severo hijueputa. Creo que las iglesias serían diferentes si tuvieran televisores pero paila, en las iglesias no los hay y es por una razón muy sencilla, sería malo para el negocio ver que el papá de ensueño no es más que otro borracho, egocéntrico, con más procesos por alimentos que ganas de pagarlas, además uno que tiene sus errores sintonizados 24 horas al día en cualquier canal, así el discurso del cura no sería más que la charla al fondo de un restaurante de corrientazos lleno de bullicio y gente mascando, sería solo el acompañante para no sentirnos solos realizando una acción cualquiera-


Cuando salí de la exposición me inundaba esa mezcla de nostalgia, tristeza y tranquilidad que se siente en el aire como una revelación de algo que no teníamos idea que queríamos saber, le pedí al vigilante que me permitiera sacar la tabla, me miró y al verme a los ojos notó que había llorado una buena cantidad de veces, se quedó solo observando y me dijo: "Claro que sí hermano, con todo gusto". Nos volvimos a tirar la buena y me fui patinando por la calle mojada, sintiendo el frío en el aire, flotando, como ideas que se olvidan, con el corazón revoloteado al recordar al tío que jamás conocí y el dolor que causó su partida en la familia, el cáncer de mi abuela, las visitas a rehabilitación a su hijo y a mi padre, el rencor entre sus hermanos, el dolor de mi padre al perder a su hermano más querido sin haberse podido despedir gracias al orgullo; recordé la rivalidad nociva de seres que parecen estar buscando quien da la pata más que amor, haciéndose torcidos, estafas, y buscando cómo joderse.


Andando por la Carrera 7a recordé el lugar dónde trabajaba a los 14 años vendiendo piedras, joyas y artesanías cerca al Museo del Oro, en mis descansos salía a caminar por las calles, a tomar un café en alguna escalera, leer un libro y escuchar la ciudad que se colaba entre los audífonos. Recordé historias de ajedrecistas de andén, escuchando esmeralderos que se gastaban todo el dinero en fiesta, viendo día y noche trabajadores de calle que iban, traían, llevaban y ajá; tomando tinto junto a pillos escuchando sus historias sin que se dieran cuenta de mi presencia. 





- somos la generación de los parias, somos los que no tienen nombre, somos ciclistas, domiciliarios, emprendedores, rebuscadores, webcamers, dealers, reportados en datacrédito, somos los eternos desilusionados de un sistema que jamás existió, somos meseros, asesores de call center, vendedores de tienda, conductores, pillos, prostitutas, somos el nombre que nunca te aprendes, el “Where are you from?” de tus vacaciones de fin de año, somos el cambio de andén y el apretón de bolso, somos tus artistas de fin de semana, los Tracks de tu Playlist, somos todo y somos nada-


Decidí volver a ese lugar para darle textura a los recuerdos, caminé por sus pasillos, saludé a la señora del local del lado -quien para mi sorpresa recordó mi rostro después de diez años- caminé hacia la parte de atrás del lugar en donde un primo tenía su café y donde me sentaba a tomar tinto cada que podía escaparme, me encontré con Don Fabio -quien también para mi sorpresa me recordó después de diez años- le pregunté por el tío Félix, señaló a un señor casi calvo y con el poco cabello que tenía completamente cano, “véalo, ahí está”, me dijo sin suponer la sorpresa que me causaba verlo, me despedía de Don Fabio y caminé hacia la mesa, agarré una de las sillas, me senté frente a él, levantó su rostro y se fijo en mi con la mirada azul celeste de quien ya sólo distingue sombras, el tío Félix agarró su bastón blanco y lo colocó sobre sus piernas, sin mirar me vio a los ojos, y me preguntó:

- ¿Felipe?
-No tío, soy Santiago
-¿Santiago? -dijo con una gran sorpresa-

-Sí tío, el hijo de Diego

-Sí, sí, sí… ¿cómo está tu mamá? ¿cómo están tus hermanas? 

-Todas bien tío, gracias por preguntar

-Ven, siéntate ¿quieres un americano?

-Sí tío, gracias, con panela por favor

-¡Shirley! Regáleme un americano y tráigalo con panela, por favor.


Hablamos de muchas cosas sin relevancia, de multas de tránsito, de carreras sin finalizar, en fin, de cualquier cosa que nos permitiera evadir la pregunta de ¿qué haces tú aquí si tu papá ni nadie de tu casa me habla desde hace años? Y la verdad no sabía cómo explicarle que un recuerdo del tío Samuel me había traído ahí, cómo le podía explicar que había tenido un recuerdo de un tío que jamás conocí y que quería escuchar su versión de la historia, cómo explicarle que desde el momento en que lo vi y mencionó a Felipe -el hijo de Samuel- me instalé en un mundo dónde nada se sentía real, cómo decirle que quería escuchar sobre cuándo fue al Guaviare a averiguar qué había sucedido con Samuel, cómo le iba a preguntar sobre lo que había visto él, el único hermano que fue al lugar para ver lo sucedido y que ahora estaba completamente ciego; en mi cabeza solo retumbaba esa frase que había leído horas antes: “Ante los ojos de Dios”, “Ante los ojos de Dios”, “Ante los ojos de Dios”...


-cómo se pregunta una imagen de un recuerdo cuando la mirada solo siente sombras, cómo se sabe que el color del recuerdo es el verdadero y no el que queda después de la pos producción de nuestro relato, deberíamos preguntar por los olores del recuerdo, preguntar por sonidos... cómo se pregunta la sensación que le causa recordar el tono de la voz de la persona que le contó sobre cómo la guerrilla se había llevado a su hermano, cómo recordará las llamadas a las FARC en el barrio Santa Fé para enviar mensajes a los secuestrados... Estas son algunas de las preguntas que jamás pensé hacerme y que sinceramente no pude responder en su momento - 


Inicié este escrito en el año 2018, antes de que el mundo se convirtiera en esto que es hoy en día, un interregno de emporios buscando hacernos más vencidos que orgullosos, un tire y afloje entre políticos que ya no representan partidos sino seguidores, un lugar donde lo extraordinario se volvió cotidiano y la realidad se mudó a las pantallas que no podemos evitar revisar cada cierto tiempo (así sea para corroborar cuánto llevamos sin verlas) un mundo donde aprendimos a hackear el cuerpo con aguas mágicas para vivir de secuela en secuela, haciéndonos la pregunta del mañana mientras todo es puro instante y caos.

Hoy los tombos son águilas verdes que disparan en la calle y asesinan civiles sin consecuencia alguna, andan por la calle como los paracos que son, con chalecos antibalas que cubren sus números de indentificación, en combos buscando dónde hacer el daño, con sus armas a plena vista para que vean que si alguien se lo busca se gana su tiro y no va a pasar absolutamente nada, tombos con los rostros escondidos detrás de cascos y tapabocas; el Establishment nos amenaza con un virus que requiere que estemos a dos metros de distancia con tapabocas, mascarillas, guantes y agarrados al tarro de antibacterial como a cuencas de rosario. El mundo está diseñado para darnos lo que nos gusta -de hecho hay un algoritmo para ello- las empresas saben más sobre nosotros que nosotros mismos. Cada mes hay nuevas masacres como las de los años de las fotografías de Jesús Abad, no hemos sabido la verdad sobre lo sucedido con nuestros familiares y aún así se pelean sobre si la JEP debe existir o no, no hemos ni siquiera empezado a chapucear en el fango de la historia para saber qué sucedió cuando ya tenemos que crear nuevos relatos sobre la nueva violencia en la nueva realidad.






No sé qué piense mi tío Félix hoy en día pero me causan curiosidad muchas cosas, en especial que ahora dedica sus días enteros a escuchar audio-libros, su esposa me explicaba que cada vez está más y más en su mundo, incluso durante la conversación que tuvimos me hizo sentir muchas veces que el ya no estaba aquí, como si estuviera hablando conmigo pero a la vez en otro plano, en donde el horror presenciado se volvió ceguera para no sufrir la maldición de la vista en un mundo horrible.


Debo aceptar que durante años odié su existencia, lo cual impidió que me pudiese acercar a él de una forma más familiar, pero al ver a ese señor que ejercía tanto poder reducido a la fragilidad de lo innevitable, recordé que para que un país pueda vivir en paz, primero sus habitantes deben aprender a reconciliar sus conflictos más inmediatos, resolver los baches en sus historias personales, afrontar sus más hondos miedos y perseguir sus más altas aspiraciones. Darle un sentido a la vida requiere asumir los errores como parte de la misma, mi tío Félix fue una persona que sembró dolor en muchos aspectos en la vida de mi familia, pero de igual forma mi padre tampoco fue una perita en dulce, cada quien se dedicó a reproducir el daño con más daño, y como dicen por ahí: "El ojo por ojo dejará al mundo ciego".





 









 

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