Un día cualquiera.

 No creí que esto tuviera que ser necesario pero al parecer lo es, hay palabras que se guardan entre las costillas, se anudan y se convierten en espasmos que inmovilizan, así he estado los últimos meses, arrinconado por dolores que asumo ajenos, como este de ahora, una pierna entumecida gracias a un accidente que cada tanto me recuerda que puedo llegar a ser muy torpe, y a su vez la incapacidad de acceder a un médico decente que pueda revisarla y decirme qué carajos está pasando conmigo. 


Lidiar con los dolores día tras día,  pensando en suprimirlos, hacer de cuenta que no existen, para no perder esa platica de la e.p.s, tener que ignorar un dolor que no se puede ignorar por miedo a que la cuenta del hospital me terminé dejando una deuda que no pueda asumir, día tras día pensando en si hago fisioterapia casera con algún tutorial de YouTube, pero nada de eso, por el contrario, hace poco alguien me recordó a patadas que ese dolor puede volver a causar angustia. 


* espacio para suspiro *


Estoy viviendo el futuro, y es horrible. En las noticias luego de hablar sobre familias desalojadas aparece publicidad sobre consorcios de arquitectos vendiendo sus nuevos proyectos en zonas de la ciudad, es así de miserable todo ¿no lo ven? La alcaldía da subsidios de arriendo por doscientos cincuenta mil pesos para tres meses, mientras que la publicidad que permite al canal capitalizar sus noticias ofrece apartamentos de ciento sesenta millones de pesos, para los cuales algún soñador deberá conseguir un crédito que le permita acceder al reino de los dueños de algo, sí, de esos, los que pueden decir -yo tengo algo…- Los dueños de algo, los que casualmente nunca dicen que todavía es del banco y que del carro o la casa que tienen sólo son verdaderos dueños del llavero que les cuelga. 


El mundo está tan feo que el Gas Natural vende servicios funerarios, los vendedores gritan auxilio frente a la multitud para que un camión no se les lleve lo único que tienen para que en sus casas puedan comer, pero no, es más importante el espacio público que un par de policías utilizan como parqueadero en donde a dedo y extorsiones desayunan, almuerzan, cenan, toman onces, medias nueves, calman la Munchies de la bareta que le quitaron a los pelados del barrio, y se sientan a no hacer nada con sus miserables vidas de puercos sentados sobre sus motos morboseando a todas las chicas del barrio. 


¿Qué tiene un tombo que no tenga yo? Un arma. 


¿Qué tengo yo que no tenga un tombo? A ustedes. 


Aquí nos dan para el mandado y robamos el supermercado, sentimos en el fondo de nosotros que nos deben algo, hay algo que no cuadra ¿por qué tengo que hacerme en una fila para comprar a una empresa gigantesca mientras el vecino del barrio infla los precios para aprovechar la demanda? ¿por qué tengo que preguntarle a mi celular si lo que veo en el cielo es una estrella o un satélite Tesla? ¿por qué es mucho más rentable vender drogas que tener un título con el cual -si se consigue empleo- no se logrará ganar en un mes más de lo que un jíbaro puede tener en su caja menor para el fin de semana? ¿por qué la necesidad de dopamina nos lleva a buscar psicoactivos que supriman nuestra innegable angustia por la vida moderna?  


Hay un hombre frente a mi casa cuyo nombre desconozco, vive en la abertura que hay entre el pasto que separa el caño del barrio del frente, sale cada tanto con la misma ropa y arroja cosas al agua, algunas veces parecen botellas, otras veces parecen pertenencias ya vacías, pero nunca se alcanza a ver lo suficiente, cuando llega el momento se pierde de nuevo en la abertura y desaparece por un mundo subterráneo que desconozco. 


No es el único, he visto de todo en ese caño, desde una pandilla de más o menos seis o siete perros andando de lado a lado entrecruzados, cuidándose la espalda dentro de su coreografía, desafiando a quien se aparezca para darse un baile con verdaderos callejeros, también he visto ladrones que se esconden de los cerdos que los persiguen para que al instante estos últimos crean que soy yo a quien buscan y no me crean que en realidad estoy caminando para mi casa. 


No es un cuento chino porque esos son muy creíbles, es más bien un cuento rolo, de esos que son tan reales que no parecen serlo, donde en las noches se fugan los tiros cazando pólvora en el cielo, un cuento de una ciudad donde el presidente da sus alocuciones dando la espalda al sur, un cuento agridulce donde aún el expendio de drogas más grande queda cruzando el palacio presidencial y un batallón, solo que esta vez es del otro lado. 


Gobiernos se valen de la imagen para vender lo que no son, ahora todo es inmediato, fugaz e incoherente, todo de verdad es un circo muy bien montado, un circo hecho con sangre dónde el espectador aplaude la muerte del vecino que le robó un trozo de pan, un circo con un excelente presupuesto, como para comprar casi diez mil uniformes y casi diez mil botas de caucho (hasta dónde sabemos), un circo donde personas como usted y como yo fueron disfrazadas de guerrilleros caídos, presentados como supuestos combatientes asesinados cavando su propia fosa para la foto del diario matutino.  


Cada vez que veo al mundo -desde que tengo uso de razón- me pregunto sobre lo qué sucede, la sorpresa de la infancia se me quedó en las cajas felices que llevaba mi padre con olor a fósforos, ceniza y muerte.  Ahora la incertidumbre es una amiga cercana que habla lo que no es dicho, cada vez se hace más tosca y menos sorpresiva, parece ser que tiene una decepción de especie, una necesidad constante que no llega a meta cumplida; la entiendo, yo también siento hambre al ver un mundo que ofrece aplausos al infame mientras llena de gris el crepúsculo.


Si quisiera hacer algo con esto no sería un debate ni una investigación, nada de eso, saldría a gritarlo en plena avenida en hora pico, para no ser tomado más que por un loco avisando el apocalipsis. 


Si quisiera hacer algo, robaría un banco para quemar todos sus billetes, para ver si así al menos les doy un golpe donde de verdad les duele, en esa región metafísica del cuerpo humano llamado cuenta bancaria. 


Si quisiera de verdad hacer algo, abriría huecos en las calles del tamaño de sus vacíos, para que sin más sientan el tropiezo desde lo más alto del fulgor de sus egos. 


Sí, eso haría, pero es demasiado bello para éstos humanos que creen que Alejandría sólo fue una biblioteca incendiada, para quienes Chiribiquete no es más que un pedazo de tierra que necesita ser explotado, 


Este mundo no merece una revolución, merece sufrir el olvido de sí mismo, merece no creer en nada, merece este rumbo sin gaviota, este andar en un navío decepcionado, confundido y mancillado, y sí, la verdad es que se lo merece. Aparentan creer y serlo todo, cuando todo esto no es más que la habitación de un Yonki que sólo asea cuando su mamá viene de visita. 


El mundo me sabe a una pila sumergida en ron con cenizas de cigarro del D1, todo dentro de un pocillo quebrado en el borde, posado sobre el rojo oxidado que sublima de smog la marquesina de una mujer con cáncer en un pagadiario del centro. Me sabe a una hermosa imagen que con la ducha se volvió un río de acuarelas, pestañina, base y polvos diluidos. 


Me sabe a un dolor en el estómago, sin hambre, como una tormenta en el colon, como  un diluvio sin ahogados, como un Dios pero muerto. 


Podríamos decir que el origen de todo esto tiene explicación psicológica, quizás una especie de desorden de personalidad con tendencias obsesivas y compulsivas. Podríamos decir que necesito creer en algo superior a mí, y créanme, todo esto es tan grande que se siente más ajeno que propio. Alguien podría decir que tengo depresión y que eso hace que mi vida sea un compendio de fugas necesarias entre la frontera de la ansiedad y la locura; yo simplemente lo llamo vivir. 


¿Dónde quedó la emoción? ¿El espíritu? ¿El Cuerpo? ¿El pensamiento? ¿Hacía que lugar se fueron corriendo? Al parecer van derecho al acantilado de los libros viejos, ese que en la caída tiene el olor de los sueños sin sonido. 


Van al olvido de haber sido lo que nadie quiso ser, solo material de mercado, un lugar entre el tiempo y el espacio de la oferta y la demanda. 


Yo abogo por un final con muertes, muchas, muchísimas dónde sólo se pudra -sin beneficio de abono- el estorbo más grande para la evolución: el ego humano.





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