Fugaz



No sé bien cómo explicarlo con certeza, pero cada cierto tiempo hay signos que me avisan que algo sucedió, sin saber siquiera qué es, pero es similar a una náusea con hambre, los días se me vuelven menos cálidos -incluso su color- algo me advierte que una noticia se acerca y todo parece confabular para recordarlo. Por desgracia ese presentimiento se confirmó hoy con la noticia de la muerte de un amigo que hace mucho no veía, la noticia fue sorpresiva -como suele serlo en la mayoría de los casos.


Cuando esto sucede me pregunto ¿Cuántos más? Me remonto a varios pero casi siempre a los primeros, cuando Julián murió por un cáncer en la rodilla el día que me devolvía a Bogotá de un pueblo llamado Soatá, cuando mi papá contó que Ricardo, el señor que pedía auxilio en la casa cada tanto, murió de hipotermia en un cajero de Davivienda a dos cuadras de la Dirección General de la Policía Nacional, cuando Mario colgaba de las escaleras del quinto piso con sus sábanas al cuello, cuando Miguel hizo lo mismo menos de dos meses antes, cuando Germán regaló su camioneta a una señora que vendía tintos para arrodillarse frente a una iglesia  y pagar así la deuda que decía tener con dios, cuando Gabriel decía que el cigarrillo lo iba a matar y un día nos enteramos que murió intentando barrer unas colillas de su techo, a él los despedimos cantando Guantanamera mientras el féretro bajaba.


Pachito, estuve en su casa en Armenia cuando me gradué del Colegio por un evento en esa ciudad, me presentó a su familia y junto a varios amigos nos invitó a comer una frijolada, justo antes de entrar nos contó cómo todo ese barrio había sufrido las consecuencias del terremoto en esa ciudad en 1999. Recuerdo que me daba consejos de cocina, me explicó cómo el Vinagre Balsámico tenía Vino para su sabor. Era toda una diva, además se divertía haciéndonos piropos a todos, siempre lo vi feliz y aún cuando lloraba se decía que dios estaba siempre con él, era todo lo que parecía necesitar: recordárselo. Recuerdo incluso que cuando le hicieron el atentado a Londoño por la 76 con Caracas, su nombre apareció en los afectados, corrí a llamarlo pero no contestaba, me angustié y llamé a su hermano que me confirmó que estaba todo en orden, solo era otro Francisco que no la debía estar pasando muy bien. 


Tantos son que ya no sé bien quiénes están vivos y quiénes ya están en el último lugar que se conoce, y del que no se le puede contar a nadie, pero no son solo los cercanos, de niño vi con mi padre como un habitante de calle se desangraba por un golpe que se notaba acababa de recibir, el hombre no respondía y los dueños de las compraventas de la 57 con Caracas solo esperaban a que hicieran el levantamiento -lo cual demostró que era habitual- cuando llegó el momento se acercó una camioneta de platón de los tombos, lo alzaron de los brazos y las piernas y lo colocaron en la parte de atrás de la camioneta, nadie supo nada, nadie vio nada, no hay Medicina Legal para quien no tiene ni casa. 


Sobredosis, enfermedades, accidentes, suicidios, descuidos… Pienso en todos quienes me han dicho que porque me pierdo tanto, que porque a veces parece que la vida del otro no me interesa, recuerdo episodios, vivencias y preguntas, abrazos que ya no serán dados -al menos en este plano- intento explicarme también la razón, y quizás tanta partida ya logró arraigarse al punto de no sentir un lazo sólido, de tener esta sensación de que todo es impermanente, que un día cualquiera los días serán menos cálidos y sentiré de nuevo que otro amigo ya voló, que lo único que podré agradecer es haber contado con su presencia por unos instantes de luz en la vida. 


Me gusta verlos como las estrellas, porque aún estando a millones de años luz de haberse apagado siguen dejando fotos de ellas en el cielo, así son ellos pero en la constelación de mis recuerdos, donde se unen sus afectos,  risas, defectos y consejos, todo en el universo de mi alma para dejarme claro que lo único que dejamos es el recuerdo de quiénes fuimos.


                         By: @lausivadreim


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