Mirlas



Tengo días en los que me pregunto si estoy ante el principio del fin o si por el contrario hasta ahora se ven las consecuencias del mismo de manera lenta y tortuosa. Todo parece irreal en este tiempo cuando el mundo se volvió loco por vivir en el presente, quedamos atrapados en un eterno bucle, aprendiendo por obligación a vernos a nosotros mismos sin tener un culo de experiencia. Terrorífico sin duda, el silencio menciona las preguntas que nunca han sido hechas y las paredes son tan blancas como dientes de fumador, se hace inevitable lo evadido y no podemos negar la necesidad de hablar con el grito que nos guardamos dentro. 


Sentí durante muchos años que algo no estaba bien conmigo, hoy estoy seguro de que no era así, sin embargo, cuando intenté defender lo que quería me enfrenté a un mundo que te encarrila en su sistema, a las buenas o a las malas. Recuerdo, por ejemplo, la primera vez que me sugirieron utilizar medicamentos, una psiquiatra de la EPS me escuchó durante pocos minutos, me miró un instante, guardó silencio de médico -de ese incómodo- en su ceño fruncido estaba el peso de un “análisis”, sus gafas blancas redondeadas presumían un aire de intelectualidad que no le cabía a un consultorio antiséptico y carente de emoción. Comenzó a hablar sobre la necesidad de la medicación en ciertos casos, intuí de inmediato para donde iba la conversación, a lo cual le advertí que no precisaba de pastillas, por el contrario quería un tratamiento adecuado, a lo cuál me respondió: -Esto no es psicoterapia, sin medicación sólo lo haría venir para escucharlo y ya. 


Me retiré del lugar con un sin sabor que aún hoy conservo, me acerqué a la ventanilla para retirar la orden de la siguiente cita, cuando puse atención a la parte que decía “dictamen” vi en la parte inferior la palabra “depresión” y una anotación que rezaba “se recomienda tratamiento y consulta cada 15 días”. Sinceramente me pareció ridícula toda la situación, pero la psiquiatra me daba cierto aire a decepción, la imaginé como una estudiante llena de ilusiones queriendo terminar una carrera para poder ganar dinero y de paso ayudar a otros, todo para salir a enfrentarse a un sistema en el que las buenas intenciones sólo sirven para dar la pata, uno en el que las ilusiones son materia prima para los consorcios económicos que llamamos universidades; todos hemos tenido ilusiones que en su momento descubrimos que no eran más que estupideces. 


Siempre tuve un percance con los tratamientos y es que nunca pude hacerme entender del todo, siempre quisieron encaminar mis causas a las que consideraban correctas, y eso en lo personal me asquea. Me costó sentir respeto por este tipo de tratamientos sobretodo por las evidencias cercanas que tuve, eso sin duda moldeó mis experiencias, el primer caso fue el de Marco, tenía que vigilar que no fumara cigarrillo y supervisar que no se le corriera el champú andando por el edificio, un día lo descubrí fumando medio paquete en menos de diez minutos ¿cómo lo hizo? Consiguió la forma de tener cigarrillos y se fumó los diez, prendía un cigarrillo, le daba dos o tres plones de afán, volvía y prendía uno, se fumaba otros dos o tres plones, y así hasta acabar el medio paquete; a Marco sus papás lo habían internado en una clínica psiquiátrica por haberlo encontrado fumando hierba, los medicamentos que le dieron le terminaron creando un trastorno de verdad, de los serios. 


Marco, Willie, Mario, Patricia, Kiersten, Edgar, Luz, Iván, Karen, La Bestia, Freddy, entre muchas otras personas, me demostraron que ciertos tratamientos afectan más de lo que ayudan, creo yo que ha de ser porque nuestra medicina disocia la mente del cuerpo y lo que llamamos alma, pretende entender la particularidad sin verlo de manera holística, así pues los trastornos mentales son tenidos como misterios para los cuales la única solución es el embale o el adormecimiento por medio de medicinas formuladas o no; parece ser que hay un error mi querido capitán. 


En los tratamientos en los que estuve los sueños fueron vistos como manifestaciones de algo más profundo, lo cual los convertía en materia de análisis, todo bajo fórmulas repetidas en patrones, así pues un sueño podían ser inhibiciones, traumas o emociones somatizadas, mas el mundo del sueño per se nunca existió, igual que el mundo al que nos vamos al pensar, para la psicología, solo son lugares que crea nuestra mente, no son lugares, son no lugares, ven soñar o pensar como un vuelo en un aeropuerto al cual llegar, esperar, subir, embarcarse, bajar, llenar la encuesta, seguir la vida y hasta el siguiente vuelo repetir. Estar frente a sus sillas y escritorios es como ir en el mundo de las nubes donde no somos de ningún lugar y no importa nada más que llegar a un destino, reducen soñar y pensar a viajar en un avión sobre la nada, un no destino por el que transitamos con audífonos desechables viendo capítulos viejos de Friends. 


El primer sueño que sentí como una predestinación fue a los 15 años, recuerdo que a pesar de ser de día el cielo tenía el color de un atardecer violáceo con ligeros toques de naranja radioactivo, caminé enfilado hacía un puente que reconocí como mi destino, con ello lograría dejar atrás años de echar patín sin rumbo por calles, carreteras y lugares donde el olvido se hace selva. En el pueblo ardía el asfalto, ondas de oasis se formaban en el ambiente, la soledad del pueblo se notaba en sus casas sin risas, sin llantos, sin gritos; de fondo se escuchaba el sonido húmedo de las marquesinas de madera golpeadas por la brisa, las paredes llenas de musgo hacían de cada golpe un recordatorio de la falta de vida que tenía el lugar. 


Llegué a ese pueblo olvidado con la misma ropa con la que dormía en las noches, el cansancio se me notaba en el rostro demacrado, bronceado y derretido por la mugre y los días enteros andando bajo el sol; sin agua, sin comida y obviamente sin bloqueador. Continué caminando por esas calles desiertas sintiendo que estaba en una película de Terminator en Valledupar cuando reconocí a lo lejos una iglesia completamente blanca, inmaculada y limpia; su entrada tenía buganviles colgando de unas rejas que protegían dos puertas hechas de roble con un ligero tono naranja, el lugar poseía un aura que dejaba saber que detrás de sus puertas había algo.  


Mi abuela siempre me decía que las iglesias eran el lugar donde encontraban el camino las almas perdidas, la casa de dios podría recibir a cualquiera sin importar nada, ni el dinero ni las penurias ni los pecados ni las angustias ni la oferta ni la demanda. A pesar de llevar años sin ingresar a una iglesia decidí hacerlo, al verme frente a la reja la puerta se abrió para mí -dios tiene sensores más chimbas que cualquier tienda- de espaldas al púlpito estaba un sacerdote con sus ropajes completamente blancos, al acercarme se asustó y tomó distancia, se quedó mirándome a los ojos y me dijo: “Usted es de los buenos ¿qué hace aquí? -Voy para el otro pueblo, quería saber si usted me podría dar hospedaje esta noche -le respondí pero no dijo nada.


Sentí que mi respuesta le había incomodado pero no hallaba la razón, cuando me acerqué a preguntarle sobre su silencio giró y comenzó a verse rodeado de llamas negras y naranjas que bailaban al ritmo de voces de ultratumba, sus ropajes blancos comenzaron a volverse harapos rasgados color mugre cuyas tiras se iban convirtiendo en un plumaje negro, de a poco, de su rostro empezó a emerger un gran pico naranja que se fue haciendo pequeño, de igual manera su cuerpo se fue haciendo cada vez más pequeño hasta convertirse en una Mirla preparada para salir volando, al notarlo decidí agarrar al ave lo más pronto posible, cuando logré atraparla noté que había hecho mucha fuerza, razón por la cual la iglesia era ahora la escena del crimen de un gato hambriento.


Cuando me acerqué a revisar al ave noté que se estaba convirtiendo de nuevo en sacerdote, pero éste no estaba vivo, no, nada de eso, ahora era la escena de un crimen que si daba cana; lo que me hacía falta, había matado a un cura… vida hijueputa. Decidí echarme al hombro al sacerdote y seguir mi camino hasta el próximo pueblo, allí por lo menos alguien podría darme una respuesta sobre lo qué estaba sucediendo, mientras andaba con el cadáver veía en las calles del pueblo muñecos de trapo sentados en los andenes tomando cerveza, llevaban sombreros de paja, me miraban con sus ojos sin rostro, hablaban sin boca y decían: -Deje a ese man ahi ¿no ve que ya está muñeco?


¿Muñeco? ¿Acaso ellos no se habían visto? ¿con qué ojos lo podrían haber hecho? ¿con que boca se asombraron de la ausencia de la misma? -pensé- No entendía en dónde estaba ni qué estaba sucediendo, no respondí a sus comentarios -¿a qué oído podía decirle algo?-  simplemente seguí andando con un sacerdote arrastrado detrás mío, andaba calles enteras con un cuerpo horizontal y la sotana seguía estando impecable, incluso si uno se fijaba se podía creer que mi acompañante estaba dormido o sencillamente ebrio, pero no, yo llevaba un sacerdote muerto por todo el pueblo y los habitantes inexpresivos ya se habían enterado del crimen alquímico, tenía que apurarme. 


Como pude logramos llegar al borde del puente, del otro lado se podía observar un lugar maravilloso donde el cielo de nuevo volvía a ser azul, había vegetación por doquier, de fondo sonaba una gaita que parecía atraer a las serpientes, el puente se veía como un campo minado lleno de barreras, amenazas y temores. El último tramo pondría a prueba todo lo que había sido el camino, pasado, presente y futuro en el mismo espacio. 


Temí, me quedé frente al puente dispuesto a atravesarlo pero no lo haría sin el cadáver del sacerdote, si tenía que quedarme de este lado hasta solucionarlo no tendría ningún problema, en el momento en que tomé la decisión comencé a ver junto a mi unas llamas azules rodeadas de una especie de algodón grisáceo, en el centro estaba el cadáver deshaciéndose como carne desmechada, para mi sorpresa de sus hilachas se iba armando de nuevo una Mirla, sus alas negras volvían a batirse, su pico naranja apuntaba al cielo en busca de inciar vuelo, cuando me percaté de la acción traté de acercarme lo que más pude pero el ave ya había levantado sus patas del suelo, en un salto espontáneo logré agarrarlas, me aferré como si de ello dependiera vida, cuando miré a mi alrededor constate que efectivamente así tenía que ser, habíamos alzado demasiado vuelo, mis manos eran ahora el punto de mira de un dardo naranja que buscaba el Game Over final. 


  • ¡No me suelteeeeeee, lléveme con usted! - le grité y obtuve la debida respuesta-

  • ¡NO! Tu lugar está del otro lado, te están esperando desde hace mucho.

  • Yo solo lo he visto a usted en años, ya no creo en nada más que en lo que veo

  • Y haces bien, pero aquí los ojos verdes se hacen naranjas… Cruza, cruza, cruza... 

  • ¡¿Qué es lo que hay del otro lado?! -grité desesperado


Su pico naranja dejó de atacarme las manos para enfilarse aún más hacía el cielo, subíamos en posición vertical directo al sol el cual comenzaba a sentirse de nuevo con textura de carretera, en mi boca se posaba de nuevo el sabor del hambre, sentía en la garganta el ardor acetaminofénsoso del blanco de mala calidad, todo olía a inhalantes baratos y pegantes de odontólogo mientras mis músculos se derretían en nubes de benzodiazepina… no aguanté más y tuve que soltar las patas de las que dependía mi vida, mientras caía, decidió dar respuesta a mi pregunta, la cual sin perder un solo decibel sonaba como un réquiem junto a mi oído, el cual rezaba:


Este es el nido al que las Mirlas te traen, pero no entran...


Mientras seguía cayendo desperté con una especia de rezago en la cama del que era mi  cuarto en Bogotá, sin entender muy bien qué había sucedido repetía la escena una y otra y otra vez en mi mente tratando de hilar alguna respuesta, pero por el contrario cada vuelta generaba más y más preguntas. Me senté a desayunar con mis padres, entre reclamos, peleas e insultos cotidianos, comía consintiendo a Laika mientras veía una y otra vez la cinta surrealista que dejó la pantalla negra de una noche de sueño. Un par de meses después, un viernes en la tarde, me veo de la mano con mi madre a las puertas de un centro de rehabilitación esperando que el puente fuera pueblo; pero eso es otra historia. 


Escribí Mirlas en medio de la cuarentena sectorizada, sentado en un parque llorando a cántaros, sintiendo cada frase en las tripas, con un un nudo en la garganta que solo soltaba con rimas, con una tristeza tan pesada que no me dejaba ver para arriba, pensando todo de la forma menos positiva, viendo el mundo como un mal cuento con una prosa nada divertida. Sentía que todo estaba fragmentado, sin salida, con más respuestas que preguntas ante la seguridad de estar perdido. En ocasiones mis creencias palidecen ante lo que llamo verdad y debo regresar al puente para ver lo dejado, sentir de nuevo la opción que nadie quiere, esa que está más cerca del olvido que del recuerdo. 


Cuando mi abuela me llevaba a las iglesias me quedaba observando el viacrucis que tenía cada una, sin entender muy bien porque razón dios mandaba a su hijo a morir entre bárbaros, luego comprendí que él era uno de ellos y que seguirlo era aceptar su barbarie como un acto de fe, hoy sé que Dios está en el espejo, en el abrazo de mi madre, en el consuelo de mis hermanas, en la bondad difusa de mi padre, en el bandido que evita cruzar puentes pero regala su experiencia, en la señora que vende tintos para que sus hijos coman, en adictos que necesitan una dosis para vivir en un mundo de sueños con helio, en quienes mueren en una esquina con una cuerda atada al brazo; amarrados al globo de la inocencia que cuelga del cielo, torturando con su lejana cercanía.


Escucha aquí "Mirlas"


           By: @lausivadreim


 

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