Soñar

 

Hay quien considera que la fama está reservada para los grandes talentos y se paga su sacrificio en aplausos, pero cuando el objeto del elogio es solo una imagen construida para satisfacer masas, esos mismos aplausos son solo lo esperado, el valor de un halago no es el sacrificio, más bien lo es la estrategia adecuada, el inversor indicado y el precio pactado. 


Mientras escribo esto pienso en una madre tranquila, sentada en su butaco de madera o silla Rimax en la cocina, con un delantal azul lleno de manchas de fritos y jugo de sofritos, con una tabla para picar sobre las piernas y un recipiente donde se va dejando la cebolla hecha cuadros, volteando a mirar cada tanto, revisando las ollas que arrojan vapor con olor a casa, eso sí, sin perder de vista su programa matinal, de esos  en los que siempre hay dos presentadoras (más modelos que presentadoras) junto a un hombre de edad media o avanzada, que se dirige a ellas entre chistes ridículos y piropos tan malos como sus asesores de imagen. 


Un programa de esos donde se aplauden las estupideces, donde si el circo ríe hay que reírse también, donde hay un letrero de APLAUSOS recordando a los asistentes que deberían estar disfrutando, esto a su vez le hace pensar al espectador al otro lado que fue un momento importante, que lo sucedido fue lo bastante ingenioso como para reírse y descuidar la olla del mondongo; esa misma madre se llenará de entusiasmo si ve que el galán de la novela de la noche llega al set de grabación a ser invadido por preguntas del tipo ¿qué es lo primero que piensas al despertarte? ¿Para el desayuno prefieres huevos revueltos, fritos, o tibios? Todo para llegar al punto más alto, brillante y sagaz con la pregunta de ¿si hoy fuera el último día de tu vida a quién besarías por última vez? Todo para que salga su nueva novia -la cual de seguro trabaja en la novela- corriendo hacía él con música tipo George Michael -tocada por músicos que odian a George Michael-, la cámara hace un plano general del encuentro -obviamente para que el público vea el culo de la novia-  enfoca en primer plano la cara del galán que no sabe que su novia va a llegar - él ya sabía, un mes antes, el manager lo subrayó en el calendario y le puso estrellita al mail-.


En este momento nuestra madre que estaba picando cebolla  ya está apretando el cuchillo en la mano izquierda, gritando con todas la fuerzas de su delantal “Papasito ricoooooooooo, no sé qué hace con esa boba, toda peliteñida, desgarbada que  ni culo tiene… Ahí pero mire como se ven de lindos… *suspiros*...”. Ella mira a su alrededor, descubre la misma cocina de siempre, sin anuncios de aplausos, sin recibir muchas veces un “que rico estuvo todo, gracias”, vuelve los ojos a su tazón de cebolla, la culpa por las dos tres lágrimas en su cara, se incorpora de nuevo, revisa el arroz que aún está húmedo, “le faltan cinco minutos” -piensa nuestra madre-, mira la pantalla y mientras el arroz se seca sueña otro momentito con quién no es.





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