Mundo de Latas
Mi techo es la luna, mi cama es
gris, me raspa los codos; mis cobijas son dibujos y letras enredadas, me
despierta el pito o la llanta de una moto junto a mi cabeza, me saluda el
verde, el amarillo, el rojo y el frio mañanero. No sé cuánto tiempo llevo
pintándome en la cara sonrisas que no siento, no sé cuánto tiempo llevo
llenándome la boca de gasolina y pidiendo monedas de carro en carro. Vivo solo
en calles llenas de personas vacías de miradas, las pocas que me hacen vienen
acompañadas de dedos que no se levantan pero que se reflejan en sus ceños
fruncidos, en su gargajo junto a mis pies, en sus zapatos de cuero recién
embolados y en su ropa recién lavada.
Me han dado tantos nombres que no
recuerdo muy bien el mío -hace tiempo dejaron de llamarme así- la última vez que
supe cuál era fue en una nota de mi hermana que sólo decía “Te amo, pero quiero
que nunca más me vuelvas a ver”, esa fue la última vez que supe de ese nombre y
de mi hermana, a la cual le cumplí en contra de mí mismo, nunca más la volví a
ver por más que lo intenté. No puedo olvidar ese día por más que trato, por más
que haya querido arrancarme la venita que me lleva los recuerdos a la cabeza,
por más que haya intentado carburar esa neurona desgraciada. Recuerdo cada
momento, cada instante, cada palabra, cada gesto, cada sensación.
El frío de nuevo hizo que el día
empezara temprano, sonaban los pájaros en el árbol de encima, sonaban los tenis
finos sosteniendo piernas que trotaban alrededor nuestro, recuerdo mirar esas
piernas y sentir envidia, no entendía cómo teniendo cama y casa esas personas
salían a chupar frío por deporte, creo que eso era lo único que nos unía: el
frío. Recuerdo que mis papás se levantaban temprano, creía verlos con caras de
monstruos, rascándose el mugre mientras prendían fósforos y tapas en sus manos,
recuerdo pensar que mis papás debían ser magos porque solo con una tapa y un
tubito lograban hacer nubes de humo gigantescas, me quedaba viendo esas nubes e
imaginando cómo llegaban hasta arriba para quedarse a vivir con sus hermanas
más grandes.
Mis papás eran magos –creía yo-,
pero tenían trucos extraños por ejemplo siempre nos ponían a oler un tarro que
les repetía una y otra vez que olía chistoso, ellos sólo decían “chino marica,
dele y no joda”, no me gustaba ese truco, después del olor caminaban por mi
cuerpo diez millones de hormigas que cuando llegaban a mi cabeza se hacían cada
vez más y más pesadas, tanto que sentía cada uno de sus pasos como puños, las
voces sonaban lejos y chillonas, todo daba giros y giros y giros hasta que mi
cabeza empezaba a doler; yo creía el dolor era gracias a las hormigas que se
habían metido en mi cabeza y hacían reuniones sobre cómo me iban a molestar al
día siguiente, intentaba de todo para callarlas pero no podía, seguían y
seguían ahí, lo único que les agradecía es que una vez llegaban el hambre se
iba y el frío ya no pegaba tan duro.
Mi hermana siempre tenía un
vestido que me encontré un día revisando canecas -era blanco, con rosas por
todo lado- apenas lo vi dejé botado lo que había encontrado y se lo llevé
corriendo, ella era mi heroína y las heroínas siempre se veían muy bonitas en
los carteles de películas -quería que ella se viera como una- se lo entregué y
la alegría se le marcó en sus ojos, recuerdo verla y pensar que lo único que
brillaba entre tanto mugre eran sus ojitos café. Ese día celebramos con sopa de
revueltos como le decía ella. Ella llevaba ese vestido el último día que la vi.
Mis papás duraron toda la noche
hablando sobre tapas y tubitos, tapas y tubitos, creía que inventaban un nuevo
truco porque sólo hablaron de sustos, decían que no tenían un peso, que ya no
había con que “desamurar a los chinches”, recuerdo que dijeron que era lo de
ellos o lo de nosotros pero que ya no podía ser para todos. No entendía, no
entendía y no entendía, pensaba que la magia no valía mucha plata, que siempre
que necesitáramos podíamos convertir latas vacías en monedas. Mi papá decía
“No, no, no y no”, mientras mi mamá decía “Si, si, si y si, lo hemos hechos la
de veces, a raticos, con esta se quedan allá y nos ganamos las lucas”.
Cuando el frío mañanero regresó,
mi papá nos dijo a mi hermana y a mí que había un mundo de latas que no se
acababan nunca, era un reino en el que podíamos coger lo que quisiéramos y nos
enseñaría a volverlo monedas. Yo me alegré, mi hermana por el contrario se puso
seria, me agarro la mano y la apretó como si no quisiera soltarme nunca, vi que
agarro el costal con las latas -me pareció una bobada que se las llevara al
mundo donde habían miles y miles- le pregunté por qué y me dijo que ellas
también debían tener hermanas mayores que querían vestidos de rosas.
Mi papá iba al frente mientras
todas las personas se cambiaban de andén -creía que era tan buen mago que hacía
a las personas moverse sólo con la mirada- mientras andábamos mi hermana le
decía que el sol nos perseguía, él le respondía que no sabía por qué -pensaba
que debía ser uno de sus trucos y un buen mago nunca revela cómo los hace- todo
el camino le estuvo preguntando sobre los cables, sobre los techos de las
casas, sobre cómo se debía sentir vivir en el último piso de un edificio, todo
el tiempo estuvieron mirando para arriba, en un momento vi que tiraba latas al
suelo en fila, pensé que ella también estaba aprendiendo a hacer trucos y que
algo haría con ellas, creí que iba a
hacer que todas aparecieran de nuevo en el costal cuando llegáramos, por eso no
le di mucha importancia, como tampoco se la di al señor que iba detrás de
nosotros recogiéndolas, también debía ser parte del truco.
Cuando llegamos no había ningún
mundo de latas, sólo una puerta verde con vidrios martillados y aunque no era
el mundo mágico había un botón que hacia salir a las personas al ratico de
haber sonado. Salió una señora muy bonita que olía a las rosas del vestido de mi
hermana, le dijo a mi papá que volviera a las cinco, mi papá se fue -nos dijo
que volvería por nosotros. La señora nos recibió con gaseosa y ponqué, nos dijo
que iba sacarnos un tubito chiquito de sangre a cambio de más gaseosa y ponqué,
que no nos iba a doler; no era la primera vez que lo sentía, recuerdo que mi
mamá me ponía inyecciones que me dormían -cuando me despertaba sentía dolores
en todo el cuerpo- pero esta vez era diferente, hubiese hecho lo que fuera por
poder repetir lo que para mí fue lo más delicioso que había probado en mi vida:
gaseosa y ponqué. Por el contrario, mi hermana no disfrutaba la comida tanto
como yo, seguía muy seria, no decía nada, sólo decía en voz baja “las latas,
las latas, las putas latas”, y volvía y decía “las latas, las latas, las putas
latas, no estaban, no estaban”. Pensé que su truco no había funcionado, las
hizo desaparecer pero no llegar, creía que habían llegado al mundo de las latas
que al fin y al cabo era el lugar a donde íbamos, tal vez mi hermana no les
alcanzó a avisar que pararíamos en otro lado.
La señora vivía con un señor
grande y gordo, tenía una medallita del divino niño colgando del cuello con un
rosario -los veíamos porque este señor nunca se apuntaba bien la camisa- le
decía a la señora que nos diera más comida porque así no nos iban a llevar, pensé
que el mundo de las latas debía estar cerca, al fin y al cabo ¿a dónde más iban
a llevar a dos niños de la calle?
Mi papá seguía haciendo magia y
aunque llegué a pensar que ya no íbamos a ir al mundo de las latas me convencí
que estar en esa casa era parte del truco, le dije a mi hermana -que seguía
totalmente seria y murmurando-: “mi papá, mi papá, mi papá, si hace nubes en
las tapas ¿cómo le iba a salir mal el este truco?”, mi hermana en voz bajita
dijo “si, al malparido no se le escapa ni media”.
Vi el reloj, pasaron las cinco,
las seis, las siete, las ocho, las nueve, las diez y mi papá no llegó, empezaba
a creer que este truco no le saldría bien, pero pensaba que mientras
siguiéramos en esa casa no había problema, había comida, mucha comida, las
cobijas no daban malas noticias, y lo más importante de todo era que no tenía
hormigas en la cabeza, les había ganado.
Al día siguiente me levantó la
señora, me dijo que me fuera, que ya no me quería ver ahí, que me despidiera y
volviera a la calle, no quería irme, no quería dejar la comida, no quería volver
a tener a esas malditas hormigas en mi cabeza, no quería, no, no, no, y no, le
rogué que no nos sacara de ahí, que haríamos lo que fuera necesario, que nos
dejara hasta que mi papá volviera, me decía que no, que me tenía que ir ya, le
rogué hasta que me dejó quedar hasta el almuerzo, me dijo que apenas terminara
de comer tenía que irme y que ya no iba a aguantar “un showsito marica más”, le
agradecí por no dejarnos ir con hambre a lo que me respondió: ¿quién dijo que
se va a ir acompañado?
En ese momento me enfurecí, pensé
que todo había sido un truco de mi papá para llevar a mi hermana al mundo de
las latas y a mí no, creía que había algo que no había hecho bien pero no sabía
qué era, en ese momento a la señora le sonó algo en el bolsillo, lo sacó,
empezó a hablar con esa cosa chiquita como si fuera una persona, me tranquilicé
un poco al ver que la magia había vuelto a aparecer mientras la señora salía
hablando con esa cosita chiquitica.
Apenas la señora se fue, apareció
el señor del divino niño, el rosario y la camisa desapuntada, me hizo sentir mucho miedo, vi su cara quieta,
sin ninguna expresión, me empujó contra la pared, se desabrochó el cinturón, se
metió la mano al pantalón, me dijo “pues si no quiere irse gonorreíta, también
me va a tocar comérmelo a usted”, yo gritaba, gritaba lo más fuerte que podía
quería que me escuchara mi papá, que apareciera, pedía auxilio, estaba
dispuesto a soportar ejércitos enteros de hormigas con tal de que lo hiciera,
gritaba “¡¡¡PAPAAAAAAAAAAA NO MÁS MAGIA, PAPAAAAAAAAAAAAAAAAAA, APARECE,
PAPAAAAAAAAAAAAAAA!!!”.
Las hormigas volvieron, esta vez
no sentía sus pisadas como puños, esta vez sentía puños de verdad, de aquí y de
allá, de todos los lados, arriba, abajo, al centro, atrás, en diagonal… Sólo
escuchaba “cállese chinche marica ¿o me va a hacer callarlo maricón?”, en ese
momento subió la señora, le dijo que no me hiciera nada, que no les servía para
nada, recuerdo que dijo “el chino está pringado, la sangre no miente, déjelo
ir, a la final nadie le cree a estos chirris de mierda”.
Me montaron a un carro, ojos
tapados, boca tapada, manos amarradas, me tiraron en un lugar que olía
horrible, me desamarraron, me metieron un papel en el bolsillo que decía “pringado”,
me destapé la boca, los ojos y ahí estaba, por fin lo podía ver,
resplandeciente estaba frente a mi el mundo de las latas, había llegado al fin,
la magia de mi papá seguía funcionando.



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