Somos Nada
Hay días como hoy que entre las papilas y el estómago me guardo un llanto sin río, ni tan siquiera un charquito, ha de ser porque no considero mi tristeza como responsabilidad sino como consecuencia, no tanto por mi, más por el mundo que veo, donde la más bella espera compasión del truhán que hemos sido todos, donde ella, una mujer que vemos todos los días, espera con sus zapatillas rojas con blanco y un gabán negro sobre un saco gris en la esquina de Lourdes a las 10:27pm un bus que no aparece, y quienes pasamos en algunos que sí aparecieron la miramos rezando una plegaria tan sorda como mi llanto, se resume en un suspiro "ojalá llegue bien a casa".
Mi tristeza tiene la forma de la pareja que pasó en un carro peleando frente a la casa del hoy embajador de Colombia en la OEA, además tiene la forma de un Tag olvidado en un bolardo que nadie observa; sintiéndola -en un intento por ser conciso con el alma- mi tristeza parece precisamente eso, una firma que salva más a quien la hace.
Ella, la mujer que me arrulla y vuelve todo tan frágil y bello, mi tristeza, también dice "yo estuve aquí", sin saber bien del todo como es ese alguien que se refugia en mis papilas; se acerca a la sonrisa de un Spot coronado, es casi como una firma en el gran entramado que es la ciudad, así es mi tristeza, solo un símbolo de que estuve aquí, que me dolió, y al igual que un Tag, me costó, pero también me llenó de orgullo
Nunca he sabido bien porqué me siento una motita de algodón grisáceo, quizás porque el alma no entiende muy bien de razones, sumándole que entender no es lo mismo que comprender. Lo segundo es más tranquilo y se parece más a una nostalgia futura, esa que se precipita para recordar que extrañaremos este instante que nos perdimos y no será jamás.
Mi tristeza tiene la forma de todos esos que murieron porque les tocó, tiene la angustia de una madre que lleva más de siete presidentes esperando que su hijo aparezca, a quien como yo hoy -guardando las proporciones- la ahoga el llanto que no llora.
De la larga lista de mis supuestos males solo hallé una razón que quizás sea de peso, y es que nunca me ha gustado mucho todo esto, antes me decían que debía cambiarme, ser otro, resignarme -ellos le decían "aceptar"- a que el mundo es así, que jamás cambiará, que solo yo podía volverme otro, ellos decían que era para estar en paz, yo digo que es para guardar silencio ante lo innombrable, todo solo buscando "paz espiritual".
Que tan puro es este instante en que me deshago y me siento todos siendo nada, soy la luna amarilla con aura de aceite de motor reflejado por el sol; sin la luz de una estrella nadie vería estos cráteres. Dejo de morar el suelo para instalarme en los brillos de una luna llena y estoy tan allí como aquí, en este parque qué huele a Weed y popó de perro.
Este planeta no tiene techo y lo que pasa entre nosotros no es más que el infinito, -tanto que es nada- cada nebulosa está conectada con esta fracción de no-tiempo, con cada persona que ayer ví, que hoy ví, que mañana veré, con cada historia que no conozco, con cada perro, gato, araña, rata, cuy, pollo o cualquier otro animal -incluyendo al humano- que está a esta hora comiendo neblina.
Mi tristeza es responsabilidad de todos porque todos somos lo mismo: seres atravesados por la infinidad. Por ende muero en quién hoy conoce la paz de la inmensidad, renazco en quién regala un tinto, pero a su vez soy quien hoy mata, quien hoy violenta; todos somos parte de esta barbarie reflejada en mi llanto sordo, ese que se esconde entre las papilas y el estómago, el mismo que es hoy un algodón grisáceo suturando la herida de un Yonki en una esquina cualquiera; soy el mundo entero en un cuarto de un barrio cualquiera, el mismo que es usted leyendo esto en una pantalla más.
Somos infinitos y a la vez somos nada.



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